Casas CUBE
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FUENTE: Leer en Diario La Voz De Galicia.
La gente busca transparencia, un precio cerrado y confianza.
Cuenta Silvia Sánchez Añón (A Coruña, 1981) que se crio con el acero entre las manos. «Recuerdo ser una niña de tres años y tener el olor del acero impregnado en la nariz», relata esta empresaria que justamente hoy celebra sus 45 años. De su familia —su abuelo era Manuel Añón— no solo ha heredado ese conocimiento de la materia prima. También el olfato empresarial. Hace 12 años, su hermano y ella se lanzaron a reescribir el mercado inmobiliario con Casas Cube, un proyecto que, a pesar de toparse con ciertas reticencias por parte de la banca o las Administraciones, siempre ha contado con el beneplácito del cliente: «Me decían: "La gente no está preparada para vivir en una casa prefabricada". Y hemos demostrado que ha sido al contrario. Jamás tuvimos una pega por parte de los clientes».
¿Cómo surge la idea de Cube?
Mi abuelo fue uno de los precursores del hormigón armado y el acero en Galicia. Yo me fui a estudiar Marketing y viví diez años en Barcelona, donde trabajé en multinacionales y acabé de formarme en otros menesteres que no eran los familiares. Pero siempre estuve muy asociada a la construcción. Hubo un momento en el que mi hermano, que estaba en las empresas de acero familiares me dijo: 'Oye, Silvia, el mercado de la edificación, tal como se conoce, está agotado, sobre todo el de la edificación unifamiliar'. Yo le dije que, a mayores de la industria familiar con la que ya contábamos, yo podía aportar todo mi conocimiento de marketing. Y, como bien nos explican los expertos en publicidad, cuando tienes un producto novedoso, lo que tienes que hacer es enseñárselo a la gente para que lo toquetee. Así que empezamos con una casa piloto en el centro comercial Marineda. Eso fue la máxima locura, porque la gente descubrió que una casa prefabricada no era un chabolo, sino que era una casa bien insonorizada y aislada y con unos remates de altísima calidad.
¿El primer día ya vendieron?
Creo que solo el primer día que abrimos vendimos ya 25 chalés. Teníamos cuatro comerciales y había visitas cada 30 minutos durante 12 horas de lunes a sábado. Y había cola por ver la casa. Porque en realidad el producto respondía a una necesidad que ya había en el mercado. La gente buscaba transparencia, un precio cerrado. Y que le diéramos confianza.
Si tuviera que explicar su negocio a alguien que no cuente con nada de contexto, ¿qué le diría que hacen en Cube?
Le diría que hacemos las casas del futuro. Porque en muy poco tiempo, serán todas así.
¿Qué mito le gustaría desmontar sobre estas viviendas?
Desmontaría el hablar de la casa modular como si fuese un ente abstracto. Hay empresas de casas modulares muy buenas y empresas muy malas. Igual que hay constructoras muy buenas y constructoras muy malas.
Hay empresas de casas modulares muy buenas y empresas muy malas
Hay quien cree que las casas Cube no se pueden adaptar ni diseñar en función de las necesidades...
¡Claro que se puede! Lo interesante del prefabricado es el modelo constructivo. Imagínate que tú llevas ahorrando toda tu vida para tener una casa en la que puedas estar en la bañera y puedas tener un cristal mirando a tu jardín. Yo no voy a decirle a un cliente que no puede tener una ventana mirando a su jardín. ¡Claro que la tienes que tener! Lo interesante es que se eliminan intermediarios y el cliente se beneficia de que nosotros compramos materiales a escala. Cube no es un modelo de construcción tradicional, es un modelo de industria con un margen de beneficio reducido pero con mucho volumen de trabajo.
¿Cuántas casas hacen al año?
Salen dos casas a la semana de la fábrica. Y dentro de ella hay entre 23 y 25 casas todo el tiempo. Nuestra nave es como una ciudad mutante. Hay calles y muchas casas.
¿Cómo es su casa ideal?
Es la casa ideal de Cube, la estrella total. Una casa en la que se optimiza al máximo cada metro pero que por dentro tiene mucho lujo, mucho espacio y mucha luz. Esa es la casa de 150 metros cuadrados de Cube, que tiene tres o cuatro dormitorios y un gran espacio de cocina y salón para compartir vida social. Para mí eso es fundamental, porque yo tengo la casa siempre llena, que parece un hotel.
¿Qué le sigue sorprendiendo de su propio proyecto?
Cada día que entregamos una casa. Porque la gente llora. Y creo que hay que darle a ese acto la solemnidad que tiene. La casa es la compra más grande de nuestra vida y en ella se ponen muchas ilusiones. Se va a crear una historia personal, una familia... Lloro tantas veces con los clientes... Porque te cuentan todo lo que les costó llegar hasta ahí y creas mucho vínculo con ellos






